– Están agrias -protestó, indignada.

– Verdes -corrigió él-. El sol aún no las ha madurado. Sucederá en su momento, como pasa con todo.

– Pero ¿cómo puedes comerlas con ese sabor?

– Amargas o dulces, son como son. Sigue siendo la mejor fruta de toda Italia -fue una afirmación sencilla, directa en su arrogancia.

– Hay otros sitios con buenas vides -indicó ella-. ¿Qué me dices del valle del Po?

Franco sólo se dignó a alzar un poco los hombros, como si los otros viñedos no merecieran ni siquiera su consideración.

– Qué pena que no vayas a estar aquí para probarlas cuando maduren -comentó-. No será hasta agosto, y tú ya habrás regresado a Inglaterra.

Las palabras le recordaron lo cerca que estaba su despedida. Su tiempo en Italia ya casi había acabado, y luego no volvería a verlo más. Era el amor de su vida, pero no lo sabía, nunca lo sabría.

Se encontraba desesperada por algo que hiciera que se fijara en ella, pero mientras se devanaba el cerebro vio un movimiento entre las vides. Era Virginia, una mujer voluptuosa de nombre poco apropiado que últimamente había ocupado mucha de la atención de Franco.

Él la había visto y miró a Joanne con expresión divertida, nada incómodo.

– Y ahora debes irte, piccina, he de ocuparme de algunas cosas.

– Lamento si estorbo -la terrible decepción la impulsó a adoptar un tono arrogante.

– Así es -corroboró él con descaro-. Y ahora vete como una buena chica.

Se mordió el labio al ser tratada como una niña y giró con toda la dignidad que pudo acopiar. No miró atrás, pero no logró evitar oír la risa provocativa y ronca de la muchacha.



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