El señor Flanders lo saludó con el bastón y se detuvo a su lado para contemplar el escaparate.

—Veo que están abriendo sucursales —dijo.

—Así parece.

—Es muy peculiar, esa organización —observó el señor Flanders—. Tal vez usted sepa, aunque me parece improbable, que esta compañía ha despertado mucho interés en mi. Simple curiosidad, ¿comprende?. Debo aclararle que mi curiosidad abarca temas muy diversos.

—No lo había notado.

—¡Oh, sí, sí! Muchos temas. Los carbohidratos, por ejemplo. Una organización muy misteriosa, ¿no le parece señor Vickers?

—No he reparado mucho en eso. Estoy tan atareado que…

—Se está preparando algo —vaticinó el señor Flanders—. Puedo asegurarlo.

El ómnibus bajó por la calle, pasó junto a ellos y frenó en la esquina de la farmacia.

—Tengo que irme, señor Flanders —dijo Vickers—. Voy a la ciudad. Estaré de regreso por la noche. ¿Por qué no viene a charlar?

—Oh, lo haré—respondió el señor Flanders—. Casi siempre lo hago.

CAPITULO 4

En primer lugar apareció la navaja de afeitar que no se gastaba. Después, el encendedor que no fallaba jamás y no requería piedra ni combustible. Por último, una lamparilla eléctrica con la que se podía contar para toda la vida, salvo en caso de accidente. Y tras todo eso acababa de aparecer el automóvil Eterno.

En ese esquema debían entrar también los carbohidratos sintéticos.

“Se está preparando algo”, había dicho el señor Flanders, frente al local del viejo Hans. Vickers trataba de ordenar todo aquello en su mente, sentado junto a la ventanilla en la parte trasera del ómnibus.

Tenía que existir algún vinculo entre todo eso: navajas de afeitar, encendedores, lamparillas eléctricas, carbohidratos sintéticos y, por último, los coches Eterno.



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