
“Se está preparando algo”, había dicho Flanders, vestido con su ropa limpia y raída, con ese ridículo bastón en la mano; aunque, pensándolo bien, no parecía ridículo si era el señor Flanders quien lo llevaba.
El automóvil Eterno funcionaba para siempre, no requería aceite y uno podía legarlo al hijo, para que éste, a su vez, lo dejara en herencia al suyo. Y así podía llegar hasta el tataranieto y más allá. Un solo coche podía servir a varías generaciones.
Pero las cosas no quedarían allí. En poco más de un año extraían cerradas todas las fábricas de automóviles, la mayor parte de los talleres mecánicos, y muchas industrias del vidrio y del acero.
La navaja y la bombilla no parecieron importantes en su momento, pero de pronto cobraban un peso enorme. Miles de obreros perderían sus puestos; tendrían que volver a la casa y explicar a la familia: “Bueno, las cosas son así; después de tantos años estoy sin trabajo”.
La familia volvería a sus quehaceres diarios en medio de un tenso y terrible silencio, con el aire de quien siente sobre si una temible calamidad, y el hombre compraría todos los periódicos para estudiar las columnas de Empleos Ofrecidos. Saldría a recorrer las calles y en todas partes habría un hombre tras una jaulita o un escritorio que le miraría meneando la cabeza.
Al fin el hombre se encaminaría hacia alguno de esos pequeños locales en cuyas puertas se leía “Carbohidratos S.R.L.”; entraría arrastrando los pies, con la vergüenza de todo buen obrero imposibilitado de conseguir trabajo, y diría:
