
Pues era forzoso que quienes fabricaban las navajas hicieran también los encendedores y las bombillas, y quienes elaboraban esos chismes debían ser los diseñadores del coche Eterno. Tal vez no fueran las mismas empresas, aunque era difícil saberlo, pues Vickers nunca había tratado de averiguar sus nombres.
El ómnibus se iba llenando, pero Vickers seguía solo en el asiento que ocupaba, tratando de ordenar sus pensamientos mientras miraba por la ventanilla. A sus espaldas dos mujeres se habían enfrascado en una conversación. El no tenía intención de escuchar, pero recogió sus palabras.
Una de ellas soltó una risita, diciendo:
—Nuestro grupo es interesantísimo. Estamos llenos de gente interesante.
Y la otra respondió:
—Estuve pensando en unirme a uno de esos grupos, pero Charlie dice que es una tontería. Estamos viviendo en Norteamérica y en 1987, dice, y no hay razones para fingir que no es así. Este es el mejor país y la mejor época de la historia, dice; tenemos todas las comodidades y todo lo que deseamos. Somos más felices que todos nuestros antecesores, dice, y esos grupos de ficción son nada más que propaganda comunista. Dice que le gustaría atrapar a quienes comenzaron con eso y que…
—Oh, no sé—dijo la primera—. Es divertido. Claro que requiere mucho trabajo. Hay que leer sobre los tiempos antiguos y todo eso, pero creo que uno sale ganando. La otra noche, en una reunión, uno decía que cada cual saca de ello cuanto pone, y creo que tiene razón. Pero creo que yo no sé poner gran cosa. Soy muy inconstante. No soy buena lectora, no entiendo muy bien; me tienen que explicar muchas cosas. Pero hay quienes parecen sacar mucho de esto. En nuestro grupo hay un hombre que vive en Londres, en la época de un tal Samuel Peeps. No sé quién fue Peeps, pero creo que fue alguien muy importante. ¿Tú no sabes quién fue Peeps, Gladys?
