—Buenos días, señor Vickers —dijo—. Me desperté y no me podía dormir, y vi luz en su cocina y pensé que a lo mejor usted no se sentía bien.

—No me pasa nada, Jane —respondió Vickers—. Estaba preparando el desayuno, eso es todo. Voy a tomarlo, ¿te gustaría acompañarme?

—¡Oh, sí! Eso pensaba: si usted estaba desayunando a lo mejor me invitaba.

—Tu madre no sabe que estás aquí, ¿verdad?

—Mamá y papá están durmiendo —confirmó Jane—. Es el día que papá no trabaja y anoche salieron y volvieron tardísimo. Los oí cuando llegaron, y mamá le decía a papá que bebía demasiado y que nunca, nunca, volvería a salir con él si bebía tanto, y papá…

—Jane —interrumpió Vickers con firmeza—, no creo que a tu mamá y a tu papá les guste que hables de eso.

—Oh no les importa. Mamá siempre habla de eso. El otro día le dijo a la señora Traynor que estaba medio decidida a divorciarse de mi papá. ¿Qué quiere decir divorciarse, señor Vickers?

—Vaya, no sé. No recuerdo haber oído nunca esa palabra. Me parece que no debemos hablar de lo que dice tu mamá. Y mira, te has mojado las pantuflas al cruzar el césped.

—Afuera está un poco mojado. Hay muchísimo rocío.

—Entra —indicó Vickers—. Buscaré una toalla para secarte los pies; después desayunaremos y llamaremos a tu mamá para decirle que estás aquí.

Ella entró y Vickers cerró la puerta.

—Siéntate allí mientras busco la toalla. Tengo miedo de que te resfríes.

—Usted no está casado, ¿verdad, señor Vickers?

—Vaya, no. Casualmente no estoy casado.

—Casi todo el mundo está casado —dijo Jane—. Casi todos los que conozco. ¿Por qué no se ha casado, señor Vickers?

—Bueno, no lo sé muy bien. Supongo que nunca encontré una chica.



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