
—Hay muchas chicas.
—Hubo una —dijo Vickers—. Hace mucho tiempo hubo una chica.
Hacía años que no lo recordaba con tanta nitidez, tras haber forzado el tiempo para que oscureciera el recuerdo, para que lo suavizara y lo escondiera, a fin de no pensar en eso; cuando lo hacía todo era tan lejano y difuso que no era difícil descartar el pensamiento.
Pero allí estaba otra vez. En otros tiempos hubo una muchacha y un valle encantado por el que caminaron un día; un valle primaveral, con los rosados capullos de manzano silvestre flameando en las colinas, con cantar de mirlos y alondras que volaban a poca altura; y hubo también una loca brisa de primavera que agitó el agua y la hierba hasta que la pradera pareció fluir y convertirse en un lago, en pequeñas olas coronadas de espuma.
Por allí caminaban, y no cabían dudas: era un valle encantado. Vickers había regresado después al mismo lugar, pero el valle ya no estaba allí, o al menos no era el mismo; el sitio había cambiado por completo.
Habían pasado veinte años desde que caminara por él, y a lo largo de esos veinte años lo mantuvo oculto en la buhardilla de su mente. Pero allí estaba otra vez, fresco y reluciente como si todo hubiera ocurrido el día anterior.
—Señor Vickers —dijo Jane—, creo que se le queman las tostadas.
CAPITULO 2
Cuando Jane se hubo ido y las platos estuvieron lavados recordó que venia postergando, desde hacia una semana o más, llamar a Joe por el asunto de los ratones. Le telefoneó.
—Joe, tengo ratones.
—¿Qué?
—Ratones. Esos animales pequeños. Corren por toda la casa.
—¡Vaya, qué extraño! —replicó Joe —Con una casa tan bien construida como la suya no debería tener nada de eso. ¿Quiere usted que vaya a liquidarlos?
—Creo que no hay más remedio. Probé con trampas, pero no caen. Conseguí también un gato y me abandonó a los dos o tres días.
