
—No los vale, Eb.
—Ya lo sé, pero el tipo me dijo: “Ofrezca más de lo que valga el coche usado. No se preocupe. Nosotros lo arreglaremos con usted.” No parece buen sistema para ganar dinero, si uno lo piensa bien, pero si ellos quieren operar de ese modo yo no tengo por qué oponerme.
—Tendré que pensarlo.
—Así te quedarían quinientos por pagar. Y puedo darte facilidades. Me lo dijo ese hombre. Dice que por el momento no les interesa tanto el dinero como poner en circulación unos cuantos coches Eterno.
—Eso no me gusta nada —protestó Vickers—. Fíjate: la compañía aparece de la noche a la mañana con una marca nueva, sin la menor publicidad. Tendrían que haber puesto algún anuncio en los periódicos. Si yo sacara un automóvil nuevo llenaría el país de propaganda :grandes espacios en los diarios, anuncios por televisión, carteles en cada kilómetro…
—Yo pensé lo mismo, ¿sabes? —repuso Eb— Le dije “Oiga, ustedes quieren que venda estos coches, pero ¿cómo los voy a vender si no hacen publicidad? ¿Quién me los va a comprar si nadie los conoce?” Y él me contestó que, siendo el coche tan bueno, quien lo comprara lo comentaría con todos los demás. Dijo que ésa es la mejor propaganda. Que prefieren ahorrarse el dinero de la publicidad y bajar el precio de los automóviles. Que no hay motivo para cargar al consumidor con los gastos de una campaña publicitaria.
—No lo entiendo.
—Te deja pensando —admitió Eb—. Esta gente, los fabricantes del Eterno, no pierden dinero; puedes apostar la cabeza a que no. De lo contrario estarían chiflados. Y si ellos no pierden, ¿te imaginas lo que han estado ganando las otras empresas durante todos estos años? ¿las que cobran dos o tres mil dólares por una chatarra que se viene abajo a la segunda salida? Da vértigo de sólo pensarlo, ¿no?
—Cuando recibas los coches bajaré a echarles una mirada —dijo Vickers—. A lo mejor podemos hacer negocio.
