
Y Ruchama recordaba el ruido que había hecho Aharonovitz al sorber el café antes de proseguir con una sonrisa:
– Por otro lado, en un sitio como París nadie repararía en todos los estornudos y bostezos que su eminencia se digna emitir, mientras que en nuestro pequeño país, tal como dijo el bardo, un hombre se convierte en leyenda, y la prensa se apresura a dejar constancia de todos los salones hollados por su pie.
En aquel entonces Tuvia todavía era un simple universitario, aún no se había convertido en ayudante de Tirosh ni había entre ellos ninguna relación especial.
– Ese tipo es un espécimen exótico en nuestra tierra, aunque haya condescendido a adoptar un nombre hebreo -ese comentario de Aharonovitz había arrancado a Ruchama una sonrisa disimulada-. ¡Shaul Tirosh! No sé si habrá alguien que se acuerde de su verdadero nombre. Y no pongo en duda que ha de ser un recuerdo poco agradable para él: Pavel Schasky. ¿Lo sabíais?
Y los ojos rojizos y parpadeantes de Aharonovitz se volvieron hacia Tuvia. Eran otros tiempos, previos a la época en que la gente dejó de hablar de Tirosh delante de Tuvia y comenzó a tratarlo como si padeciera una enfermedad mortal.
– Pavel Schasky -repitió Aharonovitz con franco regocijo-, ése es el nombre con el que nació, y no es un recuerdo que atesore. Quién sabe; tal vez imagina que no hay alma viviente que recuerde su nombre. Quienes están en el ajo aseguran que fue lo primero que hizo al arribar a estas costas: cambiarse de nombre.
Ruchama nunca había logrado tomarse a Aharonovitz en serio; siempre la obligaba a reprimir una sonrisa. No estaba segura de si su manera de hablar era deliberada o si quizá no había caído en la cuenta de que uno podía expresarse de otra forma. Le divertía particularmente cómo pronunciaba determinadas palabras a la trasnochada manera asquenazí.
