
más de una ocasión: «Personas delicadas, espirituales, que ni siquiera lograron sobrevivir al traslado desde Praga, almas nobles». Ruchama imaginaba a su madre como una mujer delgada y de piel oscura, con crepitantes vestidos de seda, inclinada sobre la silueta de un niño. No tenía una imagen clara del Tirosh niño; sólo conseguía visualizar una versión a menor escala del Tirosh adulto, un hombre en miniatura jugando sobre céspedes ingleses entre flores de aromas embriagadores. (Ruchama no conocía Praga ni Viena.) Con respecto a su infancia, Tirosh sólo había ofrecido un puñado de detalles, en general relativos a «una serie de niñeras llamadas fräulein, ya sabes, ayas como las que aparecen en los libros. En realidad fueron ellas quienes me criaron, y las considero responsables de mi soltería». Se lo había contado en uno de los raros momentos en que se sinceraba, después de que ella expresara la extrañeza que le inspiraban sus hábitos compulsivos con respecto al orden y a la limpieza.
Sólo tenía veinte años cuando llegó a Israel, pero nadie lo recordaba vestido de una forma diferente.
– ¿Y qué hará en el ejército? -le preguntó Aharonovitz a Tuvia en una ocasión, sin asomo de burla, más bien con una especie de agria admiración-. ¿Cómo conservará ese aire de distinción en el ejército? Y no me refiero sólo a la ropa; sus costumbres a la mesa también plantean un problema, ese vaso de vino blanco que por lo visto no perdona en las comidas, y el coñac en una copa adecuada al final del día. Me pregunto por qué esta celebridad nos honra con su presencia a los provincianos, en lugar de al mundo en general, en alguna metrópoli auténtica, como París, por ejemplo.
