Los técnicos y el presentador de un programa literario de la radio, los periodistas, los reporteros de la televisión, a quienes Ruchama había cedido su asiento habitual en la parte derecha de la primera fila, todos habían acudido al último seminario de Shaul Tirosh.

Bajo su característica expresión de hastiada indiferencia, Ruchama sentía un cosquilleo de emoción despertado por el equipo de grabación, los focos, el cámara, que ya llevaba una hora corriendo de aquí para allá cuando comenzó el seminario. Desde el extremo de la segunda fila, el campo visual de Ruchama difería de la imagen grabada por la cámara. Tenía que estirarse para ver al grupo de conferenciantes medio ocultos por la mata de rizos de Davidov, el presentador de El mundo del libro, el programa televisivo donde todo novelista o poeta soñaba con aparecer.

La presencia de Davidov también excitaba a Tirosh. Un año había transcurrido desde su pelea con la gran figura de la televisión, durante el homenaje que le dedicaron al recibir el Premio Presidente de Poesía, y desde entonces no se habían vuelto a dirigir la palabra. Al inicio de aquel programa, después de leer el célebre poema de Tirosh «Otro ocaso» y de explicar que era su «tarjeta de visita»; después de enumerar los diversos títulos y galardones que tenía en su haber; después de repetir que el profesor Tirosh era jefe del Departamento de Literatura Hebrea de la Universidad Hebrea de Jerusalén y un mecenas de los poetas jóvenes; y después de mostrar la portada de la revista de literatura contemporánea dirigida por él, Davidov se había vuelto hacia el poeta con mucho dramatismo y le había pedido que explicara su silencio de los últimos seis años. Era una pregunta que nadie había osado plantearle hasta entonces.

Aquel programa también le vino a la memoria a Ruchama cuando los enmarañados rizos de Davidov la obligaron a cambiar de postura para ver bien al hombre de elevada estatura que sujetaba entre sus manos un libro.



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