Ruchama recordó cómo Davidov, tras acariciar los cuatro delgados volúmenes de poesía esparcidos sobre la mesa del estudio de televisión, había preguntado sin el menor titubeo cómo podía Tirosh explicar que un poeta que había abierto nuevos caminos, que había renovado la poesía y era el padre espiritual indisputable de las obras escritas a partir de él… cómo podía ser que ese poeta no hubiera publicado ni un solo poema en los últimos años… a excepción de unos cuantos versos de protesta política, añadió luego con ademán displicente.

Ruchama guardaba un vivo recuerdo de la larga entrevista, convertida en duelo verbal entre ambos hombres, y, esa tarde, tan pronto como vio a Davidov junto al cámara, la embargó una inquietud creciente. Ahora observaba atentamente el semblante de Tirosh, sobre el paño verde y la jarra de agua, que le traían a la memoria las veladas culturales celebradas en el comedor del kibbutz, y reconoció la expresión tensa que tan bien conocía, una combinación de nerviosismo y teatralidad, y, aunque no alcanzaba a distinguir sus ojos desde donde estaba sentada, era como si estuviera viendo el verde fulgor que centelleaba en ellos.

Cuando Tirosh se puso en pie para pronunciar su conferencia, Ruchama, igual que la cámara, registró el movimiento de la mano que alisaba el copete plateado y después se deslizaba sobre el libro. Al principio no lograba ver el rostro de Tuvia, oculto tras el cámara y el técnico de la radio, que revisaba su equipo por enésima vez.

Más adelante, al tener que ver la película sin montar, no lograría contener las lágrimas observando la precisión y la claridad con que la cámara había captado los afectados gestos de Shaul Tirosh, la pose que pretendía ser relajada, la mano en el bolsillo, los tonos rojizos de la corbata, que resaltaba sobre el blanco impoluto de la camisa y que, sin duda, Tirosh habría elegido para que hiciera juego con el clavel encarnado que resplandecía en el ojal de su solapa.



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