
Brahms trabajó en ella intermitentemente durante unos quince años, una vez que hubo compuesto aquel primer movimiento tan rico en suspense y negros augurios. En septiembre de 1868, años antes de concluirla y en tiempos de una dolorosa ruptura con Clara Schumann, Brahms le envía a ésta una felicitación de cumpleaños desde Suiza: «Así ha sonado hoy la cuerna alpina», y debajo las notas del tema para corno que años después incorporaría al último movimiento de la sinfonía. El lenguaje prosaico del folleto, que describía el cromatismo y lo que denominaba «el sello de fatalismo» de las flautas, y que luego analizaba la tensión entre las líneas melódicas ascendentes y las descendentes, no lograba inhibir el efecto abrumador de la música. En un principio, a Michael le pareció que llenaba el espacio físico que lo rodeaba y trató de desprender de su piel el aire saturado de música concentrándose tenazmente en identificar los diversos instrumentos de viento y las batallas que libraban entre sí y con otros instrumentos.
Durante largo rato fue presa de un temblor muy real, no sin dejar de sorprenderse y burlarse de sí mismo por aquella rendición al hechizo de unos sonidos que tan bien conocía, y se decía a sí mismo que lo mejor sería apagar la música o escuchar otra cosa.
Pero en su interior había algo más poderoso que se dejaba llevar por una emoción que le cortaba el aliento. La música estaba cargada de presagios amenazadores, oscuros, tenebrosos, pero también hermosísimos, que lo incitaban a dejarse arrastrar, a rendirse a aquella melancolía ominosa.
Michael tomó asiento y dejó el folleto sobre el brazo del sillón.