
– Si no existo, no tengo por qué participar -insistió Michael.
– ¿Qué quieres decir con que no existes? ¡Claro que existes! -le recriminó Yuval en el tono didáctico que adoptaba siempre que su padre parecía perder el contacto con la realidad. Inclinó la cabeza poniendo un gesto crítico, como si exigiera que se dejara de tonterías.
– Si doy la impresión de que no existo -dijo Michael-. Y para eso es importante no presentarse a la puerta de los vecinos pidiendo tazas de azúcar o de harina. Yo creo que es la única cosa, o una de las pocas cosas, en que tu madre y yo estuvimos de acuerdo desde el principio.
Yuval, sin la menor gana de enterarse de nada más sobre los acuerdos y desacuerdos de sus padres, se apresuró a dar por concluida la conversación:
– Bueno, no te preocupes, me tomaré una taza de cacao, que lleva el azúcar incluido.
Michael temía la molesta conversación con la vecina, que ahora sería inevitable dado que las manchas en expansión evocaban tristemente el abandono y la pobreza. Al pensar en fontaneros, azulejos levantados, martillazos, ruidos y molestias en general, a la vez que se daba cuenta de que había olvidado comprar café para los días de fiesta, su inquietud se acrecentó mientras el tema inicial de la sinfonía desarrollaba una tensión creciente. En un intento de calmarse, empezó a leer el folleto que acompañaba al disco. Lo sacó de la caja plana de plástico transparente, contempló el apuesto semblante de Cario Maria Giulini y su lustrosa cabellera, que no alcanzaba a ocultar el ceño reflexivo del director de orquesta, y se preguntó qué tal se llevaría un italiano con los músicos de la Filarmónica de Berlín.
Se concentró en la música, tratando de cerrar a ella su corazón y, por una vez, escuchar la obra sólo con la razón. Entonces, al fin comenzó a leer lentamente el folleto, deteniéndose en la nota biográfica en francés -la lengua que Michael, marroquí de nacimiento, conocía mejor de las tres en que estaba redactado el folleto-, y leyó, no por primera vez, cómo se había gestado la sinfonía, que, pese a ser la Primera de Brahms, había sido concluida en una etapa bastante avanzada de su vida, y que poco después de su estreno fue apodada «la Décima de Beethoven».
