– No le estoy pidiendo que pruebe nada ante un jurado, Matthew. Solamente que me lo pruebe a mí.

No podía pasar por alto aquel comentario, así que le dije:

– Sus palabras suenan como si quisiera tomarse la justicia por su mano.

– Bueno, eso ya lo he hecho contratando a un detective privado, ¿no cree? No he dejado que las cosas siguiesen su curso, no he permitido que Dios terminase de trazar los renglones torcidos que parecen ser tan de su agrado.

– No me gustaría formar parte de algo que acabe con usted en un juicio por el asesinato de Richard Thurman.

Guardó silencio un momento y después dijo:

– No voy a negar que se me haya ocurrido la idea, pero, honestamente, creo que no sería capaz de hacerlo. No es mi estilo.

– Mejor.

– ¿De verdad lo cree? Me sorprende.

Le hizo un gesto a la camarera para que se acercase, le dio un billete de veinte dólares y la despidió sin esperar a que le entregara las vueltas. Nuestra cuenta no debía de ascender ni a una cuarta parte de aquello, pero habíamos ocupado una mesa durante tres horas.

– Si él la asesinó -añadió-, se comportó como un auténtico estúpido.

– El asesinato siempre es estúpido.

– ¿Usted cree? No estoy seguro de estar de acuerdo, pero aquí el experto es usted. No, lo que quería decir es que actuó de forma prematura. Debería haber esperado.

– ¿Por qué?

– Por más dinero. No lo olvide, yo heredé la misma cantidad que Amanda y le puedo asegurar que no la malgasté. Amanda hubiera sido mi heredera, y la beneficiaría de mi seguro.

Sacó un cigarrillo pero al segundo siguiente volvió a dejarlo en el paquete.

– No hubiera tenido nadie más a quien dejárselo. Mi pareja murió hace año y medio, de la enfermedad de las cuatro letras.

Sonrió levemente.

– Y no me refiero a la gota, sino a la otra.



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