
– ¿Cuánto es bastante?
– Nuestro padre hizo mucho dinero con negocios inmobiliarios. Mamá consiguió gastar una buena parte de él, pero aún quedaba bastante cuando ella murió.
– ¿Y cuándo ocurrió eso?
– Hace ocho años. Cuando el testamento fue validado, Amanda y yo heredamos cada uno algo más de seiscientos mil dólares. Dudo que se lo gastase todo.
Para cuando terminamos ya eran casi las cinco y la clientela del bar estaba empezando a mejorar, ya que comenzaban a llegar los habituales de la hora feliz. Yo había rellenado varias páginas de mi cuaderno de bolsillo y había empezado a rechazar el café que me ofrecían. Lyman Warriner, por su parte, se había pasado del té a la cerveza y ya llevaba en el cuerpo medio vaso largo de Prior negra.
Había llegado la hora de acordar mis honorarios y, como siempre, no sabía cuánto pedirle. Asumía que aquel hombre podría permitirse pagarme lo que le pidiera, pero la verdad es que aquello no era algo que entrase en mis cálculos. Fijé la cifra en dos mil quinientos dólares, y él ni siquiera me preguntó cómo había llegado a aquella cantidad. Simplemente, sacó su talonario y destapó una estilográfica. No recordaba la última vez que había visto una.
– ¿Matthew Scudder? ¿Con dos «t» y dos «d»? -me preguntó.
Yo asentí y él rellenó el cheque y lo agitó para secar la tinta. Le dije que era posible que le reembolsase parte de aquel dinero si las cosas se resolvían con más rapidez de lo que yo esperaba, pero que también podría llegar a pedirle más si era necesario. Él asintió. No parecía preocupado por la cuestión económica.
Cogí el cheque y me dijo:
– Lo único que quiero es saber lo que ocurrió, eso es todo.
– Y eso es lo máximo que debe esperar. Descubrir si lo hizo y encontrar algo que permita que el caso se pueda presentar en los tribunales son cosas diferentes. Es posible que consiga confirmar sus sospechas, pero que su cuñado siga sin recibir castigo alguno por parte de la justicia; eso debe tenerlo en cuenta.
