
– Ya debería haber acabado con esto -dijo Mick-. El otro chaval estaba a punto de caer, pero parece que este no es capaz de rematarlo.
– El de blanco tiene coraje -le respondí.
– Lo que tiene son los ojos vidriosos. ¿Cómo dices que se llama el de azul?
Miró al programa, una única hoja azul en la que figuraban todos los combates.
– McCann -se contestó a sí mismo al cabo de un rato-. Pues bueno, ese McCann ha dejado escapar su oportunidad.
– Pero si ha estado encima de él todo el tiempo.
– Sí, y le ha pegado unos cuantos puñetazos, pero no sabe dar el golpe de gracia. A muchos les pasa eso, ponen en serios problemas al rival pero luego no logran acabar con él. No sé qué les ocurre.
– Aún le quedan tres asaltos.
– Sí pero ya ha perdido su oportunidad -insistió Mick meneando la cabeza.
Tenía razón. McCann ganó los tres asaltos finales con gran dificultad, pero la pelea ya no volvió a encontrarse tan cerca de un final por k.o. como en el quinto asalto. Cuando sonó la campana que señalaba el final del combate, ambos púgiles se quedaron trabados en un sudoroso abrazo durante unos segundos, y entonces McCann casi se dejó caer en su rincón con los guantes levantados en señal de victoria. Los jueces estuvieron de acuerdo con él. Dos de ellos lo declararon vencedor mientras que el tercero daba como ganador al chaval de blanco.
– Voy a por una cerveza -me anunció Mick-. ¿Te traigo algo?
– No, ahora no me apetece.
Estábamos en la primera fila de sillas grises, a la derecha del ring. Desde allí podía vigilar la entrada, aunque lo cierto es que en ningún momento había llegado a apartar realmente la vista del cuadrilátero. Sin embargo, en ese momento sí que miré hacia allí, mientras Mick se dirigía al puesto de las bebidas, que estaba situado al otro lado de la sala, y, para mi sorpresa, vi a alguien a quien reconocí; un hombre alto y negro con un traje de raya diplomática azul marino de magnífica confección. Al ver que se aproximaba me puse en pie y nos dimos la mano.
