
Entre un asalto y otro, Mick me dijo:
– Es fuerte ese Pedro, podría haber ganado el asalto solo con ese puñetazo.
– Nunca he sabido cómo puntúan los jueces.
– Unos cuantos golpes como ese y no tendrán que hacerlo.
Rasheed marcó el ritmo en el segundo asalto. Se dedicó a esquivar la derecha de su oponente y le dio un par de golpes verdaderamente serios. Durante el asalto, me fijé en un hombre que estaba sentado junto al cuadrilátero en la sección central. Ya había reparado antes en él, pero algo me hizo volver la vista de nuevo en su dirección.
Tendría unos cuarenta y cinco años, se estaba quedando calvo y el pelo que le quedaba era castaño, igual que sus prominentes cejas. Iba muy bien afeitado. Tenía la cara llena de bultos, como si en su tiempo hubiese sido boxeador, pero supongo que de haber sido así, lo habrían nombrado en las presentaciones previas al combate. La verdad era que el sitio no estaba precisamente inundado de celebridades, así que cualquiera que hubiese participado en tres asaltos en los Golden Gloves tenía bastantes posibilidades de ser nombrado para saludar a las cámaras de la FBCS. Y además estaba justo al lado del ring; todo lo que hubiera tenido que hacer era pasar entre las cuerdas y disfrutar de los aplausos.
Lo acompañaba un chaval al que el hombre rodeaba con el brazo. Tenía una de sus manos sobre el hombro, mientras la otra gesticulaba para señalarle las cosas que ocurrían en el cuadrilátero. Supuse que eran padre e hijo, aunque la verdad es que físicamente no se parecían demasiado. El chico, apenas un adolescente, tenía un pelo de color castaño claro que dibujaba un pico en su frente. En el padre, si aquel rasgo había existido alguna vez, desde luego hacía mucho tiempo que había desaparecido. Él llevaba un jersey azul de pico y unos pantalones de franela gris. Su corbata era azul clara, con unos topos de color negro o azul marino, muy grandes, de casi tres centímetros de diámetro. El chico llevaba una camisa de franela de cuadros rojos y unos pantalones de pana azul marino.
