
– Trabajé para él hace unos años.
– ¿Cómo detective?
– Exacto.
– Tiene pinta de abogado. Por la ropa, supongo.
– En realidad es marchante de arte africano.
– ¿Tallas y esas cosas?
– Sí, algo así.
El locutor estaba en el ring, anunciando a bombo y platillo el siguiente combate y haciendo todo lo posible por dar publicidad al cartel de la semana siguiente. Presentó a un peso medio local que pelearía en el encuentro principal de la próxima semana y después nombró a unos cuantos famosos que estaban sentados junto al cuadrilátero, incluido, cómo no, Arthur «Kid» Bascomb. Kid se llevó los mismos aplausos displicentes que habían recibido todos los demás.
Presentó luego al árbitro, a los tres jueces, al cronometrador, y al tío que se encargaba de hacer la cuenta en caso de k.o., quien aquella noche, según parecía, iba a tener trabajo, ya que los boxeadores eran dos pesos pesados que habían noqueado a la mayoría de sus anteriores contrincantes. Ocho de los once combates ganados por Domínguez lo habían sido por k.o. y Rasheed se había proclamado vencedor en diez encuentros profesionales, de los que solo uno había llegado hasta el final.
Domínguez tenía al otro lado del estadio un montón de seguidores, casi todos hispanos. La ovación recibida por Rasheed fue más modesta. Ambos púgiles se juntaron en el centro del cuadrilátero mientras el árbitro les daba las instrucciones pertinentes previas al combate, que lógicamente no eran nuevas para ninguno de los dos. Después se tocaron los guantes y volvieron cada uno a su rincón. La campana sonó y el combate dio comienzo.
El primer asalto fue poco más que un ejercicio de reconocimiento del contrario, aunque los dos recibieron algún que otro puñetazo. Rasheed conectó un fuerte izquierdazo que alcanzó el cuerpo de su adversario de forma muy efectiva. Desde luego se movía con agilidad para tener semejante tamaño. Domínguez, en comparación, resultaba torpe, uno de esos boxeadores de aspecto desgarbado, pero tenía un directo de derecha realmente potente, con el que alcanzó el ojo izquierdo de Rasheed a los treinta segundos de comenzar el combate. Este meneó la cabeza como para despejarse, pero estaba claro que le había hecho daño.
