Grande fue, por esto, la sorpresa de los parroquianos, cuando un sábado, en que el Gaviero había comenzado a beber desde muy temprano, vieron que un extranjero de barba rojiza y descuidada, rechoncho y de rostro rubicundo destilando una sospechosa bonachonería, se acercó primero a la barra y pidió algo que el cantinero no consiguió entender. El Gaviero, desde su rincón, alzó la cabeza y explicó al dueño en voz alta:

– Ginebra, quiere una ginebra con agua.

Y le habló al hombre en flamenco, invitándolo a venir a su mesa. Hacia allá se dirigió el recién venido mientras Maqroll retiraba un asiento enfrente suyo. Allí llevó la ginebra con agua el dueño en persona, que miraba al Gaviero como tratando de prevenirlo respecto a su invitado. Aquél tomó nota del aviso y se dispuso a escuchar al mofletudo personaje. Este se enzarzó en una interminable conversación, apoyada con enfáticos ademanes de los brazos, cortos, rosados y gordezuelos y con giros no menos expresivos de sus grandes ojos saltones, color gris pizarra, en los que congelaba la menor brizna de sinceridad que, por un descuido de su facundia inagotable, pudiera escapársele. El hombre resultó hablando al rato en español con cierta fluidez, aunque acudía a menudo a palabras inglesas, sobre todo al final de las frases. Se presentó como Van Branden, Jan van Branden, de profesión ingeniero ferroviario. El Gaviero, que estaba largamente familiarizado con la gente de Flandes, no conseguía ubicar a su interlocutor entre los diversos tipos de flamenco que recordaba. También en el idioma de su pretendida nacionalidad cometía errores y usaba algunos términos más comunes en Holanda que en Bélgica. Pero esto no era raro en gentes de Flandes que pasaban buena parte de su vida tocando puertos de Inglaterra y de los Países Bajos. A pesar de estas reservas, el Gaviero había caído, movido por la nostalgia de la vlaanderland, en una aburrida emboscada de la que no supo cómo librarse.



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