Las incursiones a la cantina le ocupaban largas horas y se cumplían en una rutina de silencio y marginación que, tanto el cantinero como los parroquianos, aprendieron a respetar desde la primera visita de Maqroll, cuando fue a sentarse parsimoniosamente en la mesa más apartada, en un rincón del fondo y pidió un brandy doble. No importaba que la victrola atronara con música que el Gaviero parecía no escuchar. Las copas de brandy se sucedían regularmente, a medida que sus ojos, imprecisos y opacos, se perdían en un atónito paisaje interior, inasible para los presentes. Para él, de una familiaridad devastadora. Así transcurrían las horas. Entrada la noche, pedía la cuenta que pagaba, o bien en efectivo, si había recibido el giro de Trieste, o bien firmando el vale con los amplios trazos de su letra clara pero ligeramente infantil. Doña Empera, sin mencionárselo, había conseguido con el dueño de la cantina esta deferencia para con su huésped.

Nadie se acercaba a la mesa donde se sentaba el Gaviero. Ni siquiera las mujeres que había conocido en La Plata y que entraban para comprar aguardiente y llevárselo a los hombres de la sierra. Cuando atracaban barcos o caravanas de barcazas en La Plata, la cantina solía llenarse de una clientela sedienta y rijosa, que el dueño, un negro de pelo y barba entrecanos, serio y de una fuerza descomunal, solía controlar con la sola expresión de su mirada. Una de las primeras veces en que Maqroll visitó el sitio, el mecánico de un remolcador, un zambo hercúleo de ojos estrábicos, al que el aguardiente convertía en una bestia torva, se paró frente al Gaviero y le increpó su aislamiento con palabras tartajeantes y babosas. Maqroll alzó el rostro y mirándolo con la cansada serenidad de quien sabe liquidar esos lances, le dijo en voz baja:

– Vete de aquí, bembón. Conmigo vas a encontrar lo que buscas… y no te va a gustar.

El hombre se alejó farfullaudo vagas maldiciones más contra él mismo que contra su improbable contrincante, quien apuró su brandy con una sonrisa de condescendencia, pero sin quitarle los ojos de encima.



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