
Nadie se acercaba a la mesa donde se sentaba el Gaviero. Ni siquiera las mujeres que había conocido en La Plata y que entraban para comprar aguardiente y llevárselo a los hombres de la sierra. Cuando atracaban barcos o caravanas de barcazas en La Plata, la cantina solía llenarse de una clientela sedienta y rijosa, que el dueño, un negro de pelo y barba entrecanos, serio y de una fuerza descomunal, solía controlar con la sola expresión de su mirada. Una de las primeras veces en que Maqroll visitó el sitio, el mecánico de un remolcador, un zambo hercúleo de ojos estrábicos, al que el aguardiente convertía en una bestia torva, se paró frente al Gaviero y le increpó su aislamiento con palabras tartajeantes y babosas. Maqroll alzó el rostro y mirándolo con la cansada serenidad de quien sabe liquidar esos lances, le dijo en voz baja:
– Vete de aquí, bembón. Conmigo vas a encontrar lo que buscas… y no te va a gustar.
El hombre se alejó farfullaudo vagas maldiciones más contra él mismo que contra su improbable contrincante, quien apuró su brandy con una sonrisa de condescendencia, pero sin quitarle los ojos de encima.
