Sus relaciones con la dueña habían llegado a ser, más que amistosas, familiares. Resultó de una inteligencia fuera de lo común y acabó tomándole a su huésped un afecto con ciertos visos maternales en el que había una no escasa dosis de curiosidad por alguien cuya vida iba conociendo en largas conversaciones a la hora de las comidas y por noticias recibidas antes de la llegada del Gaviero y que ella guardaba celosamente. A éste le desazonaba el sigilo de la ciega para ocultar tales informes. Sólo alcanzó a saber que se referían a una época en que él vivió en un lugar del páramo, al pie de la carretera. Eso bastaba para atizar aún más su curiosidad, pero doña Empera mantenía un riguroso silencio al respecto.

Maqroll vivía de una módica cantidad que le giraba un banco de Trieste, con puntualidad sujeta a las más inesperadas y absurdas irregularidades del correo. Los giros los cambiaba en la tienda de Hakim, quien accedió a hacerlo merced a la intercesión de la dueña que tenía sobre él un misterioso ascendiente. Doña Empera, desde un principio, mostró la mayor comprensión y paciencia por las demoras que el caos postal imponía al pago de la pensión. No pasó mucho tiempo antes de que ofreciera a su huésped pequeñas sumas en préstamo para cubrir sus gastos más inmediatos y algunas cuentas que solían quedar pendientes con el mismo Hakim y en la cantina. Los transitorios amoríos del Gaviero eran la causa de las primeras y el apremiante afán de olvido que le acosaba por épocas, era la razón de las segundas. A la cantina solía, en efecto, acudir pensando que el brandy le haría más llevaderos los accesos de hastío causados, en buena parte, por la Constatación del paso de los años sobre sus cansados huesos de nómada irredento. Estas crisis, como era previsible, desembocaban en fantasías, cada vez mas concretas, sobre lo que podría ser el final de sus días y estaban siempre acompañadas de una también cada vez más radical liquidación de las endebles razones que lo sostenían para seguir viviendo.



8 из 130