– Por supuesto. Y mientras esperaban la decisión del juez, se pusieron a hablar y «el Tiburón» dijo que estaba harto de ser el soltero de oro, pero que no pensaba casarse hasta que consiguiera ser socio de la empresa en la que trabajaba.

– Da igual -la interrumpió Charity-. El novio de Lana se lo contó a Lana y ella le dijo que se parecía a ti. Además, resulta que «el Tiburón» vive también en Nueva York… bueno, una cosa llevó a la otra, ya ves.

Así estaba la cosa. Sus propias hermanas estaban tratando de concertarle una cita con un abogado que había representado en un juicio a un roquero acusado de plagiar programas informáticos. Lo del gato le parecía cada vez mejor solución. Uno normal con una piel bonita o quizá uno de pelo largo y suave, al que fuera agradable acariciar.

A Hope le gustaba su vida y estaba encantada con su trabajo. Lo único que quería era llegar a ser, a sus veintiocho años, la vicepresidenta más joven de Palmer. Luego entraría en la siguiente fase de su vida, donde podrían verse incluidos el amor y la felicidad. Quizá entonces sí buscaría un hombre con pelo fuerte y suave al que poder acariciar…

– Escuchad, os agradezco muchísimo lo que estáis haciendo por mí, pero para salir de este bache no necesito a ningún hombre para que me acompañe a salir por ahí.

Echó un vistazo a la pantalla de su ordenador y esbozó una sonrisa. Eran más de las nueve de la noche y seguía en su despacho. Sus compañeros se habían ido ya. Hasta San Paul, «el Perfecto» se había ido a casa con su encantadora mujer e hijos. Sabía que se había ido porque se había asomado a su despacho para saber si ella seguía allí, y al ver que estaba, se había visto obligado a inventar una disculpa para explicar su pronta retirada. Le había dicho que tenía que buscar algo para la obra de teatro de la parroquia, en la que su hijo pequeño sería el protagonista y su hija, un angelito.

No había ninguna razón para que no pudiera irse a casa, pero allí seguía Hope, haciendo solitarios.



2 из 112