– Por supuesto que no. Lo sacamos de una agencia de publicidad. Pero eso sí, yo elegí la agencia.

Hope lo miró con tanta expectación, que le recordó a una de sus hermanas, cuando lo miraban buscando su aprobación por algo que acababan de hacer. Y él, entonces, siempre hacía lo posible por hacerlas sentirse bien.

Había visto a sus hermanas con mascarillas de arcilla y pepino. Con bigudíes en la cabeza y sin maquillar, pero sus hermanas no tenían el tiempo ni el dinero para cuidarse como podía hacerlo una mujer como Hope. Para ellas era una victoria tener el pelo recién lavado y los niños calzados.

Y él quería cambiarles aquello, quería cambiar sus vidas austeras y convertirlas en ciudadanas de clase media.

Pero ese no era el momento más adecuado para ponerse a pensar en sus hermanas.

– Es un buen eslogan. Ha hecho un buen trabajo.

– Gracias, es mi trabajo. Y eso es lo único que me importa. ¿Y usted? Quiero decir, sé que es abogado, pero…

– Soy colaborador de Brinkley Meyers.

– ¿Brinkley Meyers? Su empresa es entonces la que está defendiendo a Palmer en el caso de Magnolia Heights.

Sam chasqueó los dedos.

– Por eso me sonaba el nombre.

– ¿Está usted trabajando en el caso?

– Esperemos que no llegue a eso -sonrió-. Estoy en litigios. Y mi departamento no se implicará a menos que el caso llegue a los tribunales.

– Oh, no llegará -dijo ella con seguridad-. Y ahora, estaba diciéndome que es un colaborador de Brinkley Meyers…

Con eso Hope quería decir que fuera al grano. Él se echó hacia delante.

– Un colaborador independiente, que está decidido a conseguir hacerse socio de la firma. Este año, si puede ser.

– Así que usted es el soltero de oro al que invitan a todas las fiestas. Lo invitan porque tienen una hija, o amiga, o alguien con quien emparejarlo. Y usted no puede decir que no porque no quiere ofender a ningún futuro cliente.



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