
– Ese es nuestro problema. O por lo menos, mis hermanas piensan que es un problema.
– ¿Le gusta su trabajo? -Sam miró a su alrededor-. ¡Es una vista maravillosa!
Luego se dirigió hacia los sillones y se hundió en uno.
– Me encanta -contestó Hope.
No pudo evitar darse cuenta de que el hombre parecía en aquel objeto italiano de diseño, tan incómodo como ella misma. Y eso que había pagado por ellos una millonada.
Se propuso preguntarle a su decoradora cuál sería el problema y aquella fue la primera vez que pensó que de verdad la necesitaba.
Y si no se andaba con cuidado, empezaría a pensar también que necesitaba un hombre. Se dio cuenta de que debía tener un aspecto un poco inseguro, de pie en medio de su propio salón, y fue a sentarse en otro de los sillones.
– Yo no sé siquiera si me gusta el mío -contestó Sam con cara pensativa-. No tengo tiempo de pensar en ello. Lo único que sé es que estoy decidido a triunfar en él.
– Bueno, yo también.
En ese momento, la palabra «vicepresidenta» se encendió como una bombilla en su mente.
– Hábleme de su trabajo -sugirió él.
– Trabajo en Palmer. En la sección de Marketing.
– Palmer… me suena. Debería saber qué es, pero…
Ella, que se estaba imaginando en ese momento a Sam abriéndole el albornoz y acariciando sus senos, volvió de repente a la realidad, a su trabajo, su verdadero amante.
– Nos dedicamos a las cañerías.
Dijo la palabra como otra mujer habría dicho perlas o Pashmina, o Porsche. Al terminar, se pasó la lengua por los labios.
– ¿Cañerías?
– Sí. De cobre, de plástico, de hierro, de acero… La vida funciona gracias a las cañerías. Las cañerías gobiernan el mundo y las mejores son las de Cañerías Palmer.
– ¿Se lo ha inventado usted? ¿Lo de que las cañerías gobiernan el mundo?
