
Cada noche, antes de que sonara el timbre para acostarse, se citaban en el tejado de la antigua caserna para reconocer las estrellas y las constelaciones.
Luego se despedían con una sonrisa hasta la mañana siguiente.
Pero la noche más fría de aquel invierno iba a ser distinta a todas, pues al retirarse al dormitorio de las niñas Eri se durmió para ya no despertar.
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Luz de lunaTodas su compañeras estaban ya vestidas y aseadas, pero Eri no despertaba. Para evitarle el castigo de Monsieur Lafitte una de ellas empezó a zarandearla. No obstante, la niña parecía hacer caído en un extraño y profundo sueño que no lograban traspasar las voces de sus amigas.
Asustadas, dieron el aviso a la monja enfermera, que tampoco logró devolverla a la vigilia. Ni siquiera una cucharada de agua del Carmen, un fuerte licor que resucitaría a un muerto, sacó de Eri de aquel insólito desmayo.
Michel vio con el corazón en un puño cómo se llevaban a su Luz de luna en camilla. Cuando la vieja ambulancia cerró el portón trasero, salió corriendo tras ella con lágrimas en los ojos.
No paró de correr hasta llegar, exhausto, al gris edificio que se erigía en las afueras de Selonsville. El hospital de la ciudad era un lugar lúgubre donde muchos combatientes habían llegado para exhalar el último suspiro ante sus familiares.
Además de sus compañeros de orfanato, aquella niña era la única familia que tenía en el mundo, así que Michel sintió que las piernas le temblaban mientras subía las escaleras. Iba a recibir un buen castigo por haber salido del centro fuera de horas, pero no era ése el motivo por el que el frío se había instalado en lo más profundo de su ser.
Cuando llegó a la segunda planta, una apática enfermera le señaló el final de pasillo. Frente a la última puerta dos médicos charlaban entre susurros con expresión grave.
