Muchos se preguntaban de dónde sacaba Michel aquella alegría de vivir que contagiaba a su alrededor. A fin de cuentas los niños del orfanato no tenían juguetes, ni familiares que los visitaran, ni siquiera ropa decente para pasear los domingos. Los días transcurrían monótonos, entre el grasiento comedor que apestaba a refrito y el pabellón habilitado como escuela, donde la monja maestra los torturaba, un día tras otro, con interminables dictados.

«En el futuro necesitaréis buena ortografía, aunque sólo sea para solicitar un puesto de basurero en el ayuntamiento», les advertía.

Ése era uno de los mejores destinos que aguardaban a los «liberados», como se denominaba a los internos al cumplir los 14 años. La mayoría entonces eran contratados como aprendices de cualquier oficio a cambio de un plato caliente y un techo, con una pequeña asignación mensual que apenas llegaba para una entrada de cine.

Tal vez era esa perspectiva, además del hacinamiento en habitaciones con una docena de literas, la que hacía que los niños y las niñas del orfanato fueran tan apáticos y malhumorados.

Michel no era así y sólo él sabía por qué. Él tenía algo de lo que carecían los demás. Un auténtico tesoro. Estaba enamorado de una niña del centro aunque ella ni siquiera lo sospechaba. Se llamaba Eri, un nombre que en japonés significaba «luz de luna». Al parecer, era hija de un marinero francés que había concebido en el país del sol naciente y, al morir la madre, no se había podido ocupar de ella.

Amigos inseparables, a Michel y a Eri se les veía juntos desde que habían empezado a caminar, lo que al principio les había valido muchas bromas pesadas. Con el paso de los años, sin embargo los internos se habían acostumbrado tanto a aquella pareja que sólo se sorprendían cuando aparecían por separado.

Lo normal era verlos charlando por el jardín pelado, leyendo juntos en la húmeda biblioteca, sentados en el comedor frente a frente…



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