
Así era la vida en la pequeña ciudad y no se hablaba de otra cosa. Hasta que una curiosa noticia local empezó a dar otro tema de conversación. Pues, desde hacia un tiempo, alguien se dedicaba a mutilar la ropa de los ya sufridos ciudadanos.
Primero había sido un empleado de correos, que había llegado a casa con un notorio agujero en la parte trasera de su abrigo. Alguien había recortado una estrella de cuatro puntas del tamaño de una mano. ¿Cómo había sucedido sin que se hubiera dado cuenta? ¿Para qué querría alguien aquel caprichoso retal?
La segunda víctima había sido un contable retirado, que había descubierto en su mejor jersey un agujero que lo dejaba inservible. Faltaba una estrella de la misma forma y del mismo tamaño que la del empleado de correos.
Todo un misterio.
Y los ataques no se habían detenido aquí. Por alguna extraña razón una mano invisible tenía en el punto de mira a los habitantes de Selonsville, que temían por las pocas prendas de ropa que los protegían de frío. Cada día había un nuevo caso y la inquietud crecía al mismo tiempo que la irritación.
Corrían rumores sobre quién podía estar detrás de aquellas gamberradas. Algunos aseguraban incluso haberlo visto. Describían a un niño de unos 9 años con un raído abrigo gris que le llegaba a los pies -probablemente heredado de un familiar mayor- y unas tijeras en la mano.
Nadie sabía quién era, aunque medio Selonsville buscaba ya al «niño de las tijeras» para darle su merecido.
Pero aquellas estrellas de ropa tenían un sentido. Eran el firmamento que iluminaba la noche de alguien muy triste. Alguien que había cerrado los ojos a la vida y se resistía a abrirlos de nuevo.
