Todo había empezado una semana antes, en la mañana más fría de aquel invierno sin final…


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Michel

El orfanato municipal de Selonsville ocupaba dos pabellones unidos en forma de L de una antigua caserna militar. Bajo la estricta supervisión de Monsieur Lafitte medio centenar de niños salían cada mañana a un jardín desolado donde la helada ennegrecía los hierbajos.

Separado del mundo exterior por altas vallas, aquel lugar no era tan distinto de los campos de concentración en los que habían perecido los padres de muchos internos.

En sus sueños, todos los niños albergaban la esperanza de encontrar una familia de adopción, lejos de las monjas hurañas que servían cada día el mismo rancho y vigilaban que en los dormitorios nadie rechistara a partir de las nueve.

Todos excepto Michel.

Nadie, ni siquiera Monsieur Lafitte, entendía cómo podía ser tan feliz. A diferencia de los demás niños, que andaban todo el día cabizbajo o buscando pelea sin motivo, Michel no parecía tener queja de su vida en el orfanato. Tal vez porque había sido abandonado poco después de nacer y no conocía a sus padres, para él todo el mundo se hallaba en el perímetro de aquel lugar frío y austero. Su familia era los demás niños y las monjas del centro. Incluso el señor director era para él una especie de abuelo cascarrabias.

Aunque no era el más fuerte del orfanato, ejercía una extraña autoridad sobre sus compañeros. No sólo se libraba de los tortazos que se repartían a diario entre las diferentes bandas, sino que a menudo unos y otros recurrían a él para resolver entuertos. Así, antes de que un conflicto llegara a oídos de Monsieur Lafitte, las diferentes partes acudían a Michel para que ejerciera de juez de paz.

Con sentido común y unas cuantas bromas lograba casi siempre que los contendientes se dieran la mano y la cosa no fuera a mayores.



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