Así que no creía que duraría. Cal sonrió para sus adentros, agarró su sombrero y se levantó. Juliet podría ser más dura de lo que había creído, pero ya verían quién abandonaba Wilparilla antes.

– Como quiera… jefa.

– Ahora que hemos acabado con las formalidades, ¿le apetece una cerveza?

Él se caló el sombrero.

– Creo que será mejor que nos instalemos primero.

– ¿Nos?

Juliet pensó que se habría traído a su perro con él. Cal hizo un gesto hacia el todo terreno aparcado a la sombra de un enorme árbol de caucho.

– Mi hija está conmigo.

– ¿Su hija? ¡No me dijo nada de traer a una hija!

– No veo la diferencia para usted -contestó Cal imperturbable-. Hizo un gesto hacia el horizonte. No es como si no tuviera espacio.

– Pero… ¿cuántos años tiene?

– Nueve.

– ¡No puede traer a una niña de nueve años a un sitio como éste! ¿Qué pasa con su madre?

– Mi mujer murió hace seis años.

– Lo siento mucho, pero no me parece un arreglo muy apropiado. ¿No estaría mejor en Brisbane?

– No. Natalie se queda conmigo.

Juliet se reprimió de comentar que en ese caso, habría sido mejor que él también se hubiera quedado en Brisbane.

– ¿Y qué piensa hacer con ella mientras esté trabajando durante el día?

– Ha dicho que es un período de prueba. Al principio puede venir conmigo y si sale bien, buscaré un ama de llaves para que la cuide mientras hace sus deberes. Natalie es una niña sensata y sabe lo que es la vida en un rancho.

– ¿Y se supone que tengo que acomodar a toda esa gente de más?

Si los rumores eran correctos, había suficientes habitaciones en la vivienda para tres veces esa gente, pero Cal no tenía intención de quedarse con ella.

– Hay una casa para el capataz en perfectas condiciones, o eso me dijo Pete Robins.

– Hay una casa que usaban los capataces en el pasado, pero no está en condiciones para una niña y dudo mucho que consiga un ama de llaves por los alrededores.



10 из 117