Había esperado encontrar a una viuda mimada e impotente, lista para ser convencida de que su única opción era volver a Inglaterra, pero cuanto más miraba a Juliet, menos fácil le parecía lograrlo. Había una mueca de firmeza en su preciosa boca, un gesto de obstinación en su barbilla y una fijeza en su mirada que eran casi inquietantes.

Bueno, él tenía fama de domar caballos salvajes. Al menos estaba allí, en la mejor posición para intentarlo, pero sería mejor no enfrentarse demasiado con ella a esas alturas. Podría despedirlo como al anterior y el siguiente capataz que llegara podía intentar aprovechar las ventajas de la situación. Una mujer sola y atractiva con medio millón de acres de tierra era un plato muy goloso.

Cal apretó los labios al pensarlo. Nunca recuperaría Wilparilla si pasaba eso. No, tendría que apretar los dientes y aceptar las órdenes de Juliet por el momento, pero se aseguraría de que entendiera lo inútil que era el intento y con un poco de suerte, pronto se habría ido.

– De acuerdo -dijo por fin-. Siempre que no pretenda que le dé un informe detallado por triplicado cada día, le haré saber lo que se está haciendo.

¡Cualquiera pensaría que la estaba haciendo un favor! Juliet contuvo un suspiro porque sabía que era lo máximo que podría conseguir de él.

– De acuerdo.

– Entonces, ¿he pasado la entrevista?

Juliet se puso rígida ante la sorna. Le hubiera gustado mandarlo de vuelta a Brisbane, pero tardaría semanas en conseguir otro capataz y Cal lo sabía. Y aunque no le gustara su actitud, parecía un hombre capaz y competente. Ahora tendría que demostrarlo.

– Ha pasado la entrevista, sí -dijo con una mirada fría-. Veremos como salen las cosas los próximos tres meses. No hace falta decir que el período de prueba es para los dos. Si no le gusta trabajar para mí, es libre de irse cuando quiera.



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