
Bajó la vista hacia los dos niños pequeños que jugaban con la tierra en la base de los escalones y sintió una punzada de amor tan intensa que le atenazó la garganta. Sus niños. Ellos merecían cada lágrima de puro agotamiento, cada noche pasada en vela preocupada por su futuro. Wilparilla era su herencia y lucharía para conservarlo para ellos. No le importaba lo hostil que Cal Jamieson se pusiera siempre que la ayudara a conseguirlo.
Sin embargo, no podía dejar que la pisoteara. Juliet no tenía intención de repetir el mismo error que había cometido con el último capataz. Dejaría muy claro desde el principio quien era allí el jefe.
Quitándose el mandil, Juliet entró en la casa para lavarse la cara con agua fría y pasarse los dedos por el pelo. Puso una mueca al ver su reflejo en el espejo. El estrés y el agotamiento del año anterior le hacían parecer mucho mayor de los veinticinco años que tenía. En un concurso de vigor, competencia y bravura, hasta el tubo de dientes tendría más posibilidades que ella en ese momento.
Por un momento, se permitió pensar en la chica que había sido en Londres, tan bonita, vivaz y segura de que podría comerse el mundo. Eso había sido antes de casarse con Hugo, por supuesto. Y ahora, allí estaba, en un aislado rancho de ganado en el otro extremo del mundo y con la única seguridad de que haría lo que fuera por conservar Wilparilla para sus hijos. Aunque eso significara tener que tratar con el desconocido Cal Jamieson.
– ¡Mami, mami! ¡El capataz está aquí! -gritó Kit entrando como una tromba.
