– Bueno, entonces será mejor que salgamos a saludarlo.

Ahora que había llegado el momento, se sentía ridículamente nerviosa. El futuro de Wilparilla dependía del hombre que esperaba fuera, pero no podía dejarle entrever lo desesperada que estaba por la ayuda de alguien.

Kit salió con cara de importancia al porche Y bajó los escalones pura reunirse con su gemelo. El hombre arrodillado al lado de Andrew parecía inmerso en una seria conversación y sólo se le veían los vaqueros y una camisa azul marino. Tenía la cara tapada casi por completo por el sombrero, pero al volver la cabeza para mirar a Kit, Juliet vio unos dientes muy blancos bajo el ala del sombrero.

Parecía una sonrisa tan agradable que sintió renacer la esperanza, pero cuando levantó la cabeza más y la vio, la borró como si nunca hubiera existido. Se estiró y se quitó el sombrero.

– ¿Señora Laing?

Su primera impresión fue la de un hombre corpulento, de aspecto tranquilo, con una cara fina, una boca fría y unos ojos grises glaciales. Unos ojos que daban ganas de volverse sobre sus talones y salir corriendo.

Esbozando una sonrisa, bajó los escalones hacia él. Era más alto de lo que había pensado y se sintió en desventaja al alzar los ojos hacia él.

– Juliet, por favor -dijo estirando la mano-. Usted debe ser Cal Jamieson.

“Juliet, por favor”, imitó para sí mismo con aquel cristalino acento inglés.

Sonaba igual que por teléfono, tan compuesta, segura de sí misma y con aquel irritante tono de superioridad, pero por otra parte, aquella voz no parecía pertenecer a la chica que tenía delante.

No había pensado que fuera tan joven. No podía tener más de veinticinco años. Demasiado joven para poseer una propiedad como aquélla. Un rancho necesitaba a alguien que conociera la vida al aire libre, no a aquella chica de débil sonrisa y modales formales.

También era más guapa de lo que había esperado, admitió a regañadientes.



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