El conde Selvático, gran cruz de Carlos III sobre el casacón cortesano, gentilhombre florentino de la servidumbre de la reina de Etruria -viuda, hija de los viejos reyes Carlos IV y María Luisa-, se asoma un momento, observa los carruajes y entra de nuevo. Algunos madrileños desocupados, en su mayor parte mujeres, miran con curiosidad. No llegan a una docena, y todos guardan silencio. Uno de los dos centinelas de la puerta está apoyado en su fusil con la bayoneta calada, junto a la garita, indolente. En realidad, esa bayoneta es su única arma efectiva; por órdenes superiores, su cartuchera está vacía. Al escuchar las campanadas de la cercana iglesia de Santa María, el soldado observa de reojo a su compañero, que bosteza. Les queda una hora para salir de guardia.

En casi toda la ciudad, el panorama es tranquilo. Abren los comercios madrugadores, y los vendedores disponen en las plazas sus puestos de mercancías. Pero esa aparente normalidad se enrarece en las proximidades de la puerta del Sol: por San Felipe y la calle de Postas, Montera, la iglesia del Buen Suceso y los escaparates de las librerías de la calle Carretas, todavía cerradas, se forman pequeños grupos de vecinos que confluyen hacia la puerta del edificio de Correos. Y a medida que la ciudad despierta y se despereza, hay más gente asomada en ventanas y balcones. Circulan rumores de que Murat, gran duque de Berg y lugarteniente de Napoleón en España, quiere llevarse hoy a Francia a la reina de Etruria y al infante don Francisco de Paula, para reunirlos con los reyes viejos y su hijo Fernando VII, que ya están allí. La ausencia de noticias del joven rey es lo que más inquieta. Dos correos de Bayona que se esperaban no han llegado todavía, y la gente murmura. Los han interceptado, es el rumor. También se dice que el Emperador quiere tener junta a toda la familia real para manejarla con más comodidad, y que el joven Fernando, que se opone a ello, ha enviado instrucciones secretas a la junta de Gobierno que preside su tío el infante don Antonio. «No me quitarán la corona -dicen que ha dicho- sino con la vida».



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