
Mientras los tres carruajes vacíos aguardan ante Palacio, al otro extremo de la calle Mayor, en la puerta del Sol, apoyado en la barandilla de hierro del balcón principal de Correos, el alférez de fragata Manuel María Esquivel observa los corrillos de gente. En su mayor parte son vecinos de las casas cercanas, criados enviados en busca de noticias, vendedores, artesanos y gente subalterna, sin que falten chisperos y manolos característicos del Barquillo, Lavapiés y los barrios crudos del sur. No escapan al ojo atento de Esquivel pequeños grupos sueltos de tres o cuatro hombres de aspecto forastero que se mantienen silenciosos y a distancia. Aparentan desconocerse entre ellos, pero todos tienen en común ser jóvenes y vigorosos. Sin duda se cuentan entre los llegados el día anterior, domingo, desde Aranjuez y los pueblos vecinos, que por alguna razón -ninguna puede ser buena, deduce el alférez de fragata- no han salido todavía de la ciudad. También hay mujeres, pues suelen ser madrugadoras: la mayoría trae la canasta del mercado al brazo y comadrea repitiendo los rumores y chismes que circulan en los últimos días, agravados por la tensa jornada de ayer, cuando se abucheó a Murat mientras iba a una revista militar en el Prado. Sus batidores incomodaban a la gente para abrir paso, y la vuelta tuvo que hacerla con escolta de caballería y cuatro cañones, con el populacho cantándole:
Esquivel, al mando del pelotón de granaderos de Marina que guarnece Correos desde las doce del día anterior, es un oficial prudente.
