Ni ellos, ni nadie. Por orden de la Junta de Gobierno y de don Francisco Javier Negrete, capitán general de Madrid y Castilla la Nueva, y para complacer a Murat, a las tropas españolas se les ha retirado la munición. Con diez mil soldados imperiales dentro de la ciudad, veinte mil dispuestos en las afueras y otros veinte mil a sólo una jornada de marcha, los tres mil quinientos soldados de la guarnición local están indefensos frente a los franceses.


«Lo mismo que la generosidad de este pueblo hacia los extranjeros no tiene límites, su venganza es terrible cuando se le traiciona.»

Jean Baptiste Antoine Marcellin Marbot, hijo y hermano de militares, futuro general, barón, par de Francia y héroe de las guerras del Imperio, que esta mañana es un simple capitán de veintiséis años asignado al estado mayor del gran duque de Berg, cierra el libro que tiene en las manos -El último Abencerraje, del vizconde Chateaubriand- y mira el reloj de bolsillo puesto sobre la mesita de noche. Hoy no entra de servicio hasta las diez y media en el palacio Grimaldi, con el resto de ayudantes militares de Murat; de modo que se levanta sin prisas, acaba el desayuno que un criado de la casa donde se aloja le ha servido en la habitación, y empieza a afeitarse junto a la ventana, mirando la calle desierta. El sol que atraviesa los vidrios ilumina, desplegado sobre un sofá y una silla, su elegante uniforme de oficial edecán del gran duque: pelliza blanca, pantalón carmesí, botas hannoverianas y colbac de piel a lo húsar. A pesar de su juventud, Marbot es veterano de Marengo, Austerlitz, Jena, Eylau y Friedland. Tiene experiencia, por tanto. Es, además, un militar ilustrado: lee libros. Eso sitúa su visión de los acontecimientos por encima de la de muchos compañeros de armas, partidarios de arreglarlo todo a sablazos.

El joven capitán sigue afeitándose. Una chusma de aldeanos embrutecidos e ignorantes, gobernada por curas. Así ha calificado hace poco el Emperador a los españoles, a quienes desprecia -con motivo- por el infame comportamiento de sus reyes, la incompetencia de sus ministros y Consejos, la incultura y el desinterés del pueblo por los asuntos públicos.



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