
– Sobre las armas, como le digo -contaba Sexti-. Los imperiales casi no me dejan pasar por delante del cuartel del Prado Nuevo, y eso que voy de uniforme… Todo tiene un aspecto infame, se lo aseguro.
– ¿Y no hay ninguna instrucción concreta?
– ¿Concreta?… No sea infeliz, hombre. La junta de Gobierno parece un corral con la raposa dentro.
Estando en conversación, los dos militares oyeron rumor de caballos y salieron a la puerta, a tiempo de ver una numerosa partida francesa que se dirigía al galope hacia el Buen Retiro, bajo la lluvia, para reunirse con los dos mil hombres que allí acampan con varias piezas de artillería. Al ver aquello, Sexti se fue a toda prisa, sin despedirse, y Esquivel envió otro mensajero a sus superiores pidiendo instrucciones, sin recibir respuesta. En consecuencia, puso a los hombres en estado de alerta y extremó la vigilancia durante el resto de la noche, que se hizo larga. Hace un rato, al empezar a congregarse vecinos en la puerta del Sol, mandó a un cabo y cuatro soldados a pedir a la gente que se aleje; pero nadie obedece, y los corrillos engrosan a cada minuto que pasa. No puede hacerse más, así que el alférez de fragata acaba de ordenar al cabo y los soldados que se retiren, y a los centinelas de guardia que, al menor incidente, se metan dentro y cierren las puertas. Ni siquiera en caso de que estalle un altercado los granaderos podrán hacer nada, en un sentido u otro.
