Mi madre hizo lo que pudo. El mundo árabe nunca ha valorado demasiado la educación de las mujeres. Todos sabemos cómo tratan a sus esposas y a sus hijas los árabes más tradicionales —es decir, los más regresivos y reaccionarios—. Respetan más a sus camellos. Ahora, en las grandes ciudades como Damasco y El Cairo, pueden verse mujeres modernas vistiendo ropas de estilo occidental, trabajando fuera de casa e incluso, a veces, fumando cigarrillos en plena calle.

En Mauritania, me he dado cuenta de que persiste la rigidez de costumbres. Las mujeres visten largas túnicas blancas y velos, y cubren su cabello con capuchas o pañuelos. Hace veinticinco años, no había lugar para mi madre en el mercado de trabajo legal. Pero siempre hay una pequeña población de almas descarriadas, gente que se burla de los dictados del santo Corán, hombres y mujeres que beben alcohol, juegan y disfrutan del sexo por placer. Siempre hay un hueco para una mujer joven cuya moral se ha venido abajo debido al hambre y la desesperación.

Cuando volví a verla en Argel, el aspecto de mi madre me conmovió. En mi imaginación la dibujaba como una respetable, moderadamente acomodada matrona, que habitaba en un próspero vecindario. Hacía años que no la veía ni hablaba con ella, pero me figuré que se las había ingeniado para salir de la pobreza y la degradación. Ahora creo que quizás vivía feliz tal como era, una harapienta y estrafalaria puta vieja. Pasé una hora con ella, esperando oír lo que había ido a escuchar, pensando cómo comportarme y avergonzándome de ella delante de Medio Hajj. Ella no deseaba que sus hijos la molestaran. Tuve la impresión de que se arrepintió de no haberme vendido a mí también cuando vendió a Hussain Adbul-Qahhar, mi hermano. No le gustó que me dejara caer en su vida después de todos aquellos años.



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