
Chiri miró bajo la barra.
—Está bien —dijo en voz alta—. ¿A qué mamona le toca el turno? ¿Janelle? No quiero volver a decirte que te levantes y bailes. Si tengo que recordarte que toques tu maldita música una vez más, te descontaré cincuenta kiams. Y ahora, mueve tu culo gordo.
Chiri me miró y suspiró.
—La vida es dura —dije.
Indihar regresó a la barra tras reunir lo que pudo arrancarles a unos pocos clientes displicentes. Se sentó en el taburete a mi lado. Lo mismo que a Chiri, hablar conmigo no parecía provocarle pesadillas.
—¿Cómo es trabajar para Friedlander Bey? —preguntó.
—Dímelo tú.
De una forma u otra todo el mundo en el Budayén trabaja para Papa.
Se encogió de hombros.
—No aceptaría su dinero aunque estuviera muerta de hambre, en la cárcel y tuviera cáncer.
Eso era una alusión, no muy velada, al hecho de que me hubiera vendido al someterme a los implantes. Di un trago de ginebra y bingara.
Quizá uno de los motivos por los que voy al local de Chiri siempre que necesito un poco de afecto es porque crecí en lugares similares. Siendo yo un bebé mi madre había sido bailarina, después de que mi padre nos abandonara. Cuando la situación se puso realmente fea, mi madre empezó a alternar con hombres. En los clubes unas chicas lo hacen, otras no. Mi madre no tuvo más remedio. Cuando las cosas se pusieron aún peor, vendió a mi hermano pequeño. Eso es algo de lo que a ella no le gustaba hablar. Ni a mí tampoco.
