No recordaba por qué nos repartimos así el trabajo. Después de todo, se suponía que yo era el jefe, yo había tenido la idea de buscar a esa mujer, era mi viaje y empleábamos mi dinero. Pero Saied se llevó el té de menta y la charla y yo, bueno, no voy a volver sobre lo mismo.

Esperamos el tiempo adecuado. El sol desaparecía tras la muralla occidental, era casi el momento de llamar a la oración del ocaso. Miré a Saied, que dormitaba. Bien, pensé, ahora le sacudiré en la cabeza. Apenas me levanté y di un pasito, cuando abrió los ojos.

—Creo que ya es la hora —dijo bostezando.

Asentí, no tenía nada que decir. Me puse cómodo y Saied Medio Hajj inició su representación.

Saied es un mentiroso por naturaleza, y es un placer verlo en plena actuación. Se había enchufado el módulo de personalidad que más le gustaba: su moddy de los trabajos difíciles, acorazado, el moddy de tipo duro hijo de mala madre. Nadie se metía con Medio Hajj cuando lo llevaba puesto.

De nuevo en casa, en la ciudad, Saied pensaba que ganar dinero era rebajarse. Le gustaba sentarse en los cafés conmigo, Mahmoud y Jacques, todo el día y toda la noche. Su pipiolo, el muchacho americano a quien todos llamaban Abdul-Hassan, salía con hombres maduros y era quien llevaba el dinero a casa para pagar el alquiler. A Saied le gustaba fanfarronear y ceñir su gallebeya con un ancho cinturón de cuero negro, adornado con delgadas tiras de acero y tachuelas. Medio Hajj cuidaba mucho su aspecto.

Consideraba una diversión lo que estaba haciendo en el borde del camino de ese suburbio piojoso. Esperé unos minutos y le seguí, doblé la esquina hasta el café. Me colé en él, desarreglado, sucio, y tomé asiento en un rincón sombrío. El propietario me miró, frunció el ceño y se volvió hacia Saied.



3 из 307