Nadie se fijaba en mí. Saied terminaba la coletilla de un chiste que le había oído una docena de veces desde que salimos de la ciudad. Cuando llegó al desenlace, el encargado y los otros cuatro hombres del largo mostrador rompieron a reír. Les agradaba Saied. Sabía gustar a la gente allí donde iba. Ese talento estaba programado en un chip potenciador añadido a su moddy de tipo malo. Con el moddy y los daddy chips apropiados, no importaba dónde hubieras nacido ni dónde te hubieras criado. Podías hacerte con todo tipo de gente, hablar cualquier idioma, y dominar cualquier situación. Tu memoria a corto plazo recibía directamente la información. Podías convertirte literalmente en otra persona, Ramsés II o Buck Rogers en el siglo xxv, hasta que te desconectases el moddy y los daddies.

Saied se comportaba con rudeza y ferocidad, pero también con encanto, si podéis imaginar la mezcla. Observé al propietario agarrar la tetera. Sirvió té en el vaso de Medio Hajj y derramó un poco en el mostrador de madera. Nadie se movió para limpiarlo. Saied levantó el vaso para beber y lo volvió a dejar.

Yaa salaam! —rugió, dando un salto.

—¿Qué sucede, amigo? —preguntó Hisham, el propietario.

—¡Mi anillo! —gritó Saied.

Llevaba un gran anillo de oro, que había estado pasando por las narices del viejo durante dos horas. En el centro tenía un enorme diamante redondo.

—¿Qué pasa con tu anillo?

—¡Míralo tú mismo! ¡La piedra, el diamante, ha desaparecido!

Hisham cogió el nervioso brazo de Saied y vio que, en verdad, había perdido el diamante.

—Debe de haberse caído —dijo el viejo, con la sabiduría popular propia de estos fosilizados andurriales.

—Sí, caído —dijo Saied, sin tranquilizarse lo más mínimo—. Pero ¿dónde?

—¿Lo ves?

Saied realizó una brillante actuación, buscando por el suelo alrededor de su taburete.

—No, estoy seguro de que no está aquí —dijo por fin.



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