Les había encontrado en Puerta Este, en el lado republicano de los Colmillos de Hielo. Ambos querían visitar el Castillo de Isla Oculta. Y qué diablos, eso sólo representaba un desvío de cien kilómetros respecto de la carretera principal de Tallamaderas; todos tendrían que cruzar las montañas. Además, hacía años que Errabundo deseaba visitar el Dominio de Reductor. Tal vez uno de esos dos lograra hacerle entrar. Casi todo el mundo aborrecía a los reductoristas. Errabundo Wickwrackrum tenía una opinión ambigua sobre el mal; cuando se rompen suficientes reglas, a veces hay algo bueno en medio de la carnicería.

Esa tarde habían avistado las islas costeras. Errabundo había estado allí sólo cincuenta años antes. Aun así, no estaba preparado para la belleza de esa comarca. La Costa Noroeste era sin duda el ártico más templado del mundo. En los largos días estivales, los fondos de esos valles flanqueados por glaciares, reverdecían totalmente. Dios, el tallista, se había agachado para retocar esas tierras con cinceles de hielo. Ahora, del hielo y la nieve sólo quedaban arcos brumosos en el este y algunas franjas desperdigadas en las colinas cercanas. Esas franjas se derretían en verano, originando riachuelos que se fusionaban para despeñarse por los abruptos flancos de los valles. A la derecha, Errabundo trotó por un terreno uniforme pero anegado. Era maravilloso sentir esa frescura en los pies. Ni siquiera le importaban los mosquitos que revoloteaban en torno suyo.

Tyrathect iba por el otro lado del valle, en un rumbo paralelo, pero por encima de la línea de los arbustos. Había sido bastante parlanchín hasta que el valle se curvó y tuvieron a la vista las tierras de labranza y las islas. En las cercanías la aguardaba el Castillo de Reductor y una misteriosa cita.

Gramil Jaqueramaphan saltaba de aquí para allá, corriendo despreocupadamente por ambos lados del valle. Formando hileras dobles o triples, hacía cabriolas que hacían reír aun a la adusta Tyrathect; luego trepaba a una loma e informaba de lo que veía. Había sido el primero en ver la costa. Eso le había tranquilizado un poco. sus payasadas eran peligrosas y mucho más en la cercanía de conocidos violadores.



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