Olsndot descendió despacio, guiándose por las cámaras laterales y el ruido de las salpicaduras. Apagó la tobera. Hubo una pasmosa caída de medio segundo, los crujientes soportes mordieron el suelo, se estabilizaron. Un flanco gruñó, cediendo un poco.

Silencio, excepto por los chillidos del calor en el casco. Papá miró el improvisado medidor de presión. Le sonrió a mamá.

—Ni una brecha. ¡Apuesto a que podría hacer subir de nuevo esta cosa!

2

Una hora de diferencia y la vida de Errabundo Wickwrackrum habría cambiado por completo.

Los tres viajeros se dirigían al oeste desde los Colmillos de Hielo hacia el Castillo de Reductor, en Isla Oculta. En ciertas épocas de su vida no habría soportado la compañía, pero en la última década, Errabundo, se había vuelto mucho más sociable. Ahora le gustaba viajar acompañado. En su última travesía por el Gran Arenal, el grupo se componía de cinco manadas. En parte era una cuestión de seguridad: algunas muertes eran casi inevitables cuando las distancias entre oasis superaban los mil kilómetros, y cuando los oasis mismos eran de tránsito. Pero, al margen de la seguridad, había aprendido mucho conversando con los demás.

No estaba tan conforme con sus compañeros de ahora. Ninguno de ambos era un auténtico peregrino, y ambos tenían secretos. Gramil Jaqueramaphan era bufonesco y una fuente de caótica información, y quizá fuera un espía, eso no importaba, mientras la gente no pensara que Errabundo era su colega. El tercer personaje era el que más le inquietaba. Tyrathect era una novicia que aún no estaba del todo integrada y no había adoptado un nombre. Tyrathect afirmaba que era maestra, pero había algo peligroso en ella (tal vez él, porque su preferencia sexual aún no estaba del todo definida). Esa criatura era evidentemente una fanática reductorista, envarada y altanera. Sin duda huía de la purga que había seguido al infructuoso intento de Reductor de tomar el poder en el este.



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