Errabundo se hundió aún más en los huecos y surcos que tachonaban el brezal. Tenía una excelente vista del valle. Si Tyrathect no estaba en las inmediaciones, la vería antes que ella pudiera verle a él.

—Errabundo.

—Sí.

—Tú eres un peregrino. Has recorrido el mundo… desde el alba de los tiempos, según quieres hacernos creer. ¿Hasta dónde llegan en verdad tus recuerdos?

Dada la situación, Wickwrackrum optó por ser franco.

—Como esperarías, unos pocos siglos. El resto son leyendas, recuerdos de cosas que quizá sucedieron, pero con los detalles entreverados y confundidos.

—Bien, yo no he viajado mucho y soy bastante nuevo. Pero leo. Mucho. Nunca ocurrió nada semejante. Esa cosa que está allá abajo es artificial. Y vino de una altura mayor de la que yo puedo medir. ¿Has leído a Aramstriquesa o a Astrólogo Belelele? ¿Sabes qué podría ser?

Wickwrackrum no reconoció los nombres, pero era un verdadero peregrino. Había tierras remotas donde nadie hablaba un idioma que él conociera. En los Mares del Sur había encontrado gentes que creían que no existía el mundo allende sus islas y que huían de los barcos del peregrino cuando él llegó a la costa. Más aún, un miembro de Errabundo había sido un isleño y había presenciado ese desembarco.

Asomó una cabeza y miró de nuevo la estrella caída, el visitante que venía de lugares que estaban a mayor distancia de la que él había recorrido jamás. Se preguntó adónde le llevaría esta peregrinación.

3

El suelo tardó cinco horas en enfriarse lo suficiente para que Papá pudiera bajar la rampa. Él y Johanna bajaron con cautela y brincaron por encima de la tierra humeante para plantarse en un terreno relativamente intacto. El suelo tardaría mucho tiempo en enfriarse del todo: el escape del reactor era muy «limpio» y apenas interactuaba con la materia normal, lo cual significaba que debajo de la nave había miles de metros de roca caliente.



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