
—¿Dónde está Tyrathect? —preguntó a Jaqueramaphan.
Gramil se encogió de hombros.
—Un par de kilómetros atrás, sin duda. La tengo vigilada… Pero ¿ves a los demás, los soldados del Castillo de Reductor?
—¡No! —Errabundo miró al oeste de la zona de aterrizaje. Allá… Estaban a un kilómetro, con ropa de camuflaje, arrastrándose por el terreno ondulante. Veía al menos a tres guerreros. Eran tipos corpulentos, de seis miembros cada uno—. ¿Cómo llegaron tan pronto? —Miró el sol—. Hace menos de media hora que empezó todo esto.
—Tuvieron suerte. —Jaqueramaphan regresó a la cresta y echó un vistazo—. Apuesto a que ya estaban en tierra firme cuando bajó la estrella. Todo esto es territorio de Reductor. Han de tener patrullas. —Se agazapó para que sólo dos pares de ojos fueran visibles para los de abajo—. Es una formación de emboscada.
—No pareces contento de verles. Son tus amigos, ¿recuerdas? La gente que has venido a ver.
Gramil meneó sus cabezas con sarcasmo.
—Ya, ya. No me lo refriegues. Creo que has sabido desde el principio que no simpatizo con Reductor.
—Me lo imaginé.
—Bien, la farsa ha terminado. Lo que ha bajado esta tarde tiene más valor para mis amigos, que cualquier cosa que pudiera haber aprendido en Isla Oculta.
—¿Qué hay de Tyrathect?
—Ja. Nuestra estimada compañera es totalmente auténtica, me temo. Apuesto a que es una reductorista encumbrada, no el Servidor de bajo rango que parece a primera vista. Sospecho que mucha gente de su calaña está atravesando las montañas, feliz de largarse de la República de los Lagos Largos. Oculta tus traseros, amigo. Si ella nos localiza, esos guerreros nos pillarán.
