
– Lo interpreto peor que antes. ¿Crees que no lo he pensado, Mimì? Significa que las cosas que están ocurriendo son mucho más graves de lo que parece.
– ¿Qué quieres decir?
– Que toda esa porquería la tenemos dentro.
– ¿Y ahora te enteras, tú que lees tanto? Si quieres irte, vete, pero no ahora. Vete por cansancio, por haber alcanzado la edad, porque te duelen las hemorroides, porque el cerebro ya no te funciona, pero no te vayas ahora.
– ¿Por qué?
– Porque sería una ofensa.
– ¿A quién?
– A mí, por ejemplo, que, aunque reconozco que soy un mujeriego, soy una persona de bien. A Catarella, que es un ángel. A Fazio, que es un caballero. A todos los de la comisaría de Vigàta. Al jefe superior Bonetti-Alderighi, que es un pelmazo y un formalista, pero una buena persona. A todos los compañeros a los que aprecias y que son tus amigos. A la inmensa mayoría de la gente que pertenece a la policía y que no tiene nada que ver con algunos sinvergüenzas tanto de abajo como de arriba. Tú te vas dándonos con la puerta en las narices. Piénsalo bien. Adiós.
Se levantó, abrió la puerta y salió. A las once y media, Montalbano le pidió a Catarella que lo pusiera en contacto con la Jefatura Superior y le comunicó al dottor Lattes que no iría a ver al señor jefe superior: lo que le quería decir no tenía la menor importancia, ninguna en absoluto.
Después de colgar, sintió la necesidad de ir a respirar el aire del mar. Cuando pasó por delante de la centralita, le dijo a Catarella:
– Y ahora corre a chivarte al dottor Augello.
– ¿Por qué quiere ofenderme, dottori?
¡Ofender! Todos se sentían ofendidos por él, y él no tenía ningún derecho a sentirse ofendido por nadie.
La verdad es que ya no aguantaba permanecer acostado, reflexionando sobre la conversación que había mantenido con Mimì.
