– Pero, hombre, Salvo, no he querido decir que tú seas mi padre, sino que te considero como un padre.

– Pues ya has empezado con mal pie. Déjate de esas chorradas de padres, hijos y espíritus santos. Dime lo que tengas que decirme y quítate de mi vista, que hoy no tengo el día.

– ¿Por qué has pedido ser recibido por el jefe superior?

– ¿Quién te lo ha dicho?

– Catarella.

– Después tendré unas palabritas con él.

– Él no tiene la culpa. Yo le ordené que me informara en caso de que te pusieras en contacto con Bonetti-Alderighi. Tarde o temprano, sabía que lo harías.

– ¿Y qué tiene de extraño que yo, un comisario, quiera conversar con mi jefe?

– Pues que tú no tragas a Bonetti-Alderighi. Si fuera un cura que viniera a administrarte la extremaunción, te levantarías de la cama y lo echarías a patadas. ¿Puedo hablar con claridad?

– Habla como te salga de las narices.

– Tú quieres irte.

– Bueno, creo que unas pequeñas vacaciones me sentarían muy bien.

– Salvo, me das pena. Tú quieres dimitir.

– ¿Acaso no soy libre de hacerlo? -replicó Montalbano, desplazándose hasta el borde de la silla como si fuera a levantarse de un salto.

Augello no se impresionó.

– Eres muy libre. Pero antes quiero terminar una conversación que tenemos pendiente. ¿Recuerdas cuando dijiste que tenías una sospecha?

– ¿Cuál?

– La de que los acontecimientos de Génova habían sido provocados por cierta clase política, la cual había avalado de alguna manera la actuación de la policía. ¿Lo recuerdas?

– Sí.

– Pues bien, lo que yo te quería decir es que lo de Nápoles ocurrió con un gobierno de centro-izquierda, antes del G8. Sólo que se ha sabido después. ¿Cómo interpretas eso?



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