
Tras escuchar la noticia, Montalbano se pasó media hora sentado en el sillón, delante del televisor, incapaz de pensar, abrumado por una mezcla de rabia y vergüenza y empapado de sudor. Ni siquiera tuvo fuerzas para levantarse a contestar al teléfono, que estuvo sonando un buen rato. Bastaba con reflexionar un poco sobre la información que tanto la prensa como la televisión facilitaban con cuentagotas -cumpliendo las directrices gubernamentales- para hacerse una idea de la situación: a la chita callando, sus colegas de Génova habían perpetrado un acto de violencia ilegal, una especie de venganza a sangre fría y, por si fuera poco, presentando pruebas falsas. Aquello evocaba momentos pasados y olvidados de la policía fascista o de la del ministro del Interior Mario Scelba. Finalmente, decidió irse a la cama. Mientras se levantaba del sillón, el teléfono volvió a darle la lata con sus timbrazos. Casi sin darse cuenta, descolgó el auricular. Era Livia.
– ¡Dios mío, Salvo! ¡Llevo horas llamándote! ¡Estaba empezando a preocuparme! ¿Es que no oías el teléfono?
– Sí, lo he oído, pero no me apetecía contestar. No sabía que eras tú.
– ¿Qué estabas haciendo?
– Nada. Estaba pensando en lo que han dicho en la televisión.
– ¿Sobre los acontecimientos de Génova?
– Exacto.
– Sí, yo también lo he visto.
Pausa. Y a continuación:
– Me gustaría estar ahí contigo. ¿Quieres que mañana coja el avión y vaya para allí? Podríamos hablar con calma de todo este asunto. Ya verás como…
– Livia, no hay mucho que decir. Ya hemos hablado demasiado de este tema. Esta vez he tomado una decisión muy seria.
– ¿Cuál?
– Dimito. Mañana iré a ver al jefe superior y le presentaré mi dimisión. Bonetti-Alderighi estará encantado.