
A Livia le costó reaccionar, hasta el punto de que Montalbano pensó que se había cortado la comunicación.
– ¿Livia? ¿Estás ahí?
– Estoy aquí. Salvo, creo que cometes un gravísimo error al irte de esta manera.
– ¿De qué manera?
– Enfadado y decepcionado. Tú quieres dejar la policía porque te sientes traicionado. Es como si te hubiera traicionado la persona en la que más confiabas y entonces…
– Livia, no es que «me sienta traicionado», es que «he sido traicionado». No se trata de sensaciones. Yo siempre he realizado mi trabajo con honradez. Siempre me he comportado como un caballero. Siempre que le he dado mi palabra a un delincuente, la he cumplido. Ésa ha sido mi fuerza, ¿comprendes? ¡Pero ya estoy hasta las narices! ¡No aguanto más!
– No grites, por favor… -le rogó Livia con voz trémula.
Montalbano no la oyó. En su interior percibía un extraño rumor, como si su sangre hubiera alcanzado el punto de ebullición. Siguió adelante.
– ¡Yo jamás me he inventado una prueba! ¡Ni siquiera contra el peor delincuente! ¡Nunca! De haberlo hecho, me habría puesto a su nivel. ¡Entonces sí que mi trabajo de policía se habría convertido en algo sucio! Pero ¿te das cuenta, Livia? El asalto a la escuela y la presentación de pruebas falsas no ha sido cosa de ningún agente ignorante y violento, sino que están implicados altos cargos de la policía, de la Brigada Móvil y demás fuerzas de seguridad.
De pronto se dio cuenta de que el extraño ruido que oía a través del auricular eran los sollozos de Livia. Respiró hondo.
– ¿Livia?
– Sí.
– Te quiero. Buenas noches.
Colgó y se fue a dormir. Así empezó la noche infame.
La verdadera verdad era que la sensación de incomodidad de Montalbano se había iniciado tiempo atrás, cuando la televisión mostró al presidente del Consejo de Ministros colocando macetas de flores por las callejuelas de Génova, no sin antes haber ordenado retirar las bragas y los calzoncillos que hubiera tendidos en los balcones y en las ventanas.
