
Mientras tanto, su ministro del Interior adoptaba medidas de seguridad más propias de una inminente guerra civil que de una reunión de jefes de Estado: vallas que impedían el acceso a ciertas calles, precintado de alcantarillas, cierre de fronteras y de algunas estaciones, patrullas marítimas vigilando la costa e incluso la instalación de una batería de misiles. El excesivo despliegue de fuerzas -
pensó el comisario-
constituía en sí mismo una provocación. Después ocurrió lo que ocurrió: hubo un muerto entre los manifestantes, pero tal vez lo más grave fue la conducta de algunos miembros de las fuerzas del orden, que se cebaron contra unos pacíficos manifestantes, lanzándoles gases lacrimógenos, mientras dejaban que los violentos, los llamados black bloc, camparan a su antojo. Después se produjo el desagradable incidente del colegio Diaz, que no pareció una operación policial, sino un triste y violento atropello destinado a desahogar unos reprimidos instintos de venganza.Tres días después del G8, mientras arreciaba la polémica en toda Italia, Montalbano llegó tarde a su despacho. Cuando se detuvo y bajó del coche, vio a dos pintores que estaban dando una mano de cal a la pared de la comisaría.
– ¡Ah, dottori, dottori! -exclamó Catarella al verlo entrar-. ¡Barbaridades han escrito aquí esta noche!
Montalbano no entendió lo que decía:
– ¿Quién ha escrito qué?
– No sé quién lo ha escrito en persona personalmente.
Pero ¿qué coño quería decir Catarella?
– ¿Se trata de una carta anónima?
– No, señor dottori, anónima no, mural. Precisamente por esa muralidad Fazio ha mandado llamar esta mañana a los pintores para borrarla.
El comisario entendió finalmente la presencia de los dos pintores.