– ¡Estás muy ocurrente, Mimì, con esos razonamientos de crucigrama de periódico!

– Perdona, Salvo, ¿acaso es la primera vez que nos llaman hijos de putas y asesinos?

– No, aunque esta vez tienen razón, al menos en parte.

– Ah, ¿así que les das la razón?

– Sí, señor. Explícame, si no, por qué hemos actuado de esta manera en Génova, después de tantos años sin que ocurriera nada semejante.

Mimì lo miró con los ojos entornados y no abrió la boca.

– Contéstame con palabras, no con esa mirada de policía que pones -dijo el comisario.

– Está bien. Pero quiero dejar clara una cosa. No tengo ninguna intención de pelearme contigo. ¿De acuerdo?

– De acuerdo.

– Comprendo tu resquemor, pues todo eso ha ocurrido con un gobierno que te provoca desconfianza y aversión. Tú crees que el gobierno ha intervenido en el asunto.

– Perdona, Mimì. ¿Has leído los periódicos? ¿Has visto la televisión? Han dicho más o menos claramente que en las salas genovesas de toma de decisiones había gente que no debería estar. ¡Ministros y diputados, todos del mismo partido! Del partido que siempre ha apelado al orden y a la legalidad, pero, claro, ¡a su orden y a su legalidad!

– Y eso ¿qué significa?

– Significa que una parte de la policía, la más frágil aunque se crea la más fuerte, se ha sentido protegida y avalada. Y se han pasado. Eso en la mejor de las hipótesis.

– ¿Hay alguna peor?

– Por supuesto. Que nosotros hemos sido manipulados como títeres de un teatro de marionetas por unas personas que querían llevar a cabo una especie de test.

– ¿Sobre qué?

– Sobre cómo reaccionaría la gente ante una acción de fuerza. Por suerte, no les ha ido muy bien.



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